domingo, 29 de junio de 2008

“El olvido de aquellas exclusiones sembró el camino para las nuevas, más refinadas y útiles políticamente al gobierno, en tiempo de elecciones”


Exilios

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A veces es difícil escribir. Ésta es una de esas veces. La consecuencia con los lectores obliga a hacerlo, para escudriñar hacia dónde se mueven los astros, aunque la brújula tenga los campos magnéticos trastocados. Hoy da por pensar en los exilios. En tanta gente valiosa desplazada por la intolerancia de quienes se adueñaron del país. El exilio de los que se han ido a otras naciones y el exilio de los que, aun acá, son excluidos porque no comulgan con la nueva escolástica. Algunas mentes brillantes andan por allí, excluidas del campo público y también del privado; del primero, porque el imperio escarlata los odia; del segundo, porque le temen a la acción oficial.

No es sólo sectarismo. Esta era la práctica de algunos adecos, copeyanos o masistas, según los casos, para inclinar la balanza hacia los propios, pero sin que los otros fuesen completamente excluidos; eran socios menores, pero socios al fin, porque se necesitaban en el Congreso para articular políticas, o en otros espacios, para no generar polarizaciones. El sectarismo es una pésima práctica, inexcusable, porque implica abusos, ventajismos hacia el otro, aunque reconoce al otro. La exclusión radical es diferente; en este caso, es la extirpación del contrario.

En la democracia venezolana hubo sectarismo, pero cuando comenzó el deterioro, la exclusión selectiva se inició. El segundo gobierno de Caldera ejerció la exclusión de aquellos contaminados por el gobierno de Carlos Andrés Pérez; el recurso para su apartamiento era que estaban “demasiado identificados”. Sin embargo, algunos de sus ministros y altos funcionarios se permitían ciertas amplitudes, producto de la vieja escuela democrática de la cual el propio Caldera había sido cofundador. Fue el tiempo en que se perdonó a Chávez, de acuerdo al clamor de la opinión pública, y se mantuvo preso a Pérez, sobre ese mismo clamor.

Más adelante, la condescendencia nacional encontró al salvador vestido de militar. Había llegado el tiempo de la justicia y comenzó la razzia de instituciones, partidos, grupos e individualidades. “La nueva hegemonía” se llamaba a la operación de limpieza política y de pigmentación colorada que se cernía sobre Venezuela. Ni qué decir la euforia que acompañó los blitzkrieg sobre el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, con el contentamiento suicida de sus víctimas. El país entero veía rebanar “al pasado”, como las élites de entonces llamaban a todo lo que, por cierto, las había producido. Pronto vieron que la candela no se limitaba a los pajonales lejanos, sino que el calorcito comenzó a pegarles más de cerca; cuando se percataron, ya sus casas y haciendas eran brasa. Más tarde, hasta los recintos de algunos de los piromaníacos comenzaron a incendiarse, bajo la mirada complacida del Comandante.

La exclusión es una política que apoyó el país mayoritario cuando votó por Chávez, cuando lo apoyó para la muerte de las instituciones, cuando se contentó de los adecos, copeyanos, masistas, independientes, que ahora eran perseguidos, excluidos, escarnecidos, botados de sus puestos de trabajo. Ahora la exclusión no tiene ese apoyo popular; pero, lo tuvo.

Las Listas.

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La lista de Russián no es el comienzo de la exclusión. Es un capítulo, y no es ni el más grave ni el más doloroso. Ha de recordarse la Lista Tascón. Ha de mantenerse fijo en la memoria el registro del Comando Maisanta. Hay que impedir la amnesia con los botados de PDVSA. Y los militares defenestrados.

La lista Russián es una infamia inaceptable. Allí hay ciudadanos que son o pueden ser representantes de la voluntad popular y que se les excluye como la manera del oficialismo de deslastrarse de competidores; pero, debe tenerse en cuenta que los de otras listas no fueron o son candidatos, sino ciudadanos comunes y corrientes que perdieron sus trabajos, sus posibilidades de vida profesional, y muchos vieron deshacerse sus familias…

El olvido de aquellas exclusiones sembró el camino para las nuevas, más refinadas y útiles políticamente al gobierno, en tiempo de elecciones. Uno de los aspectos más intolerables de haber agarrado con pinzas la discriminación es que, por ejemplo, aquellos héroes del petróleo, poco a poco, a la luz de un sector opositor, han pasado a representar a unos locos que pusieron la torta con el paro nacional. O la exclusión que hubo con los militares a los que se les quebró su carrera y apenas alguien levanta la voz en su defensa, es acusado de golpista por el gobierno y voces sonoras de la oposición.

Aceptar que a aquellos les dieron su merecido, sembró el camino para las nuevas exclusiones. Por fortuna, parece que la conciencia nacional se ha vuelto a despertar y bien pudiera ser que, dada la debilidad del gobierno, ahora algunas de las inhabilitaciones de Russián pudieran derrotarse.

La Otra Lista.

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Hay más que pertenecen a la misma familia de los discriminados, pero están en otro rubro. Son aquellos de los cuales el país prescinde y están afuera de Venezuela porque no tienen espacio profesional dentro; o siguen en el país, pero no pueden prestar sus servicios al sector público porque no son parte de sus dueños, ni tampoco son requeridos por el sector privado, porque éste no quiere verse comprometido ni expuesto a acusaciones de ayudar a escuálidos, contrarrevolucionarios.

Detrás de cada excluido hay un drama humano de inmensas proporciones; pero, desde el punto de vista social hay otro drama que es el de una nación que se priva de la participación de mucha de su gente mejor preparada porque no se aviene al delirio de quienes se cogieron estos pagos. Claro que hay la esperanza de que la mayor porción de ese capital humano y social que se acumula, allá afuera o aquí adentro, servirá para la reconstrucción. Sin embargo, el tiempo pasa, la nación se recuperará, pero las generaciones se consumen improductivamente. Para muchos cuarentones de comienzos de los noventa, el transcurrir de diez o quince años de exclusión significa un completo desastre existencial. Esa cuenta está viva y algún día saldrá a relucir. El apartheid más terrible es saberse excluido, discriminado, porque se piensa diferente. Ahora muchos de los propios partidarios del gobierno que antes practicaron el destierro de los adversarios, corren la misma suerte. Cuando se pone a andar la máquina del rechazo a la diferencia, sus engranajes no pueden parar y acaban con los propios.

Nota Final

. Sirva este reclamo contra la discriminación como un discreto homenaje a una joven y alegre mujer trágicamente fallecida, que sin tener participación política alguna, hace algunos años apareció en una lista elaborada sobre las simpatías políticas del personal de Fogade. En esa lista se le señaló como perteneciente a la “oposición radical” por la simple razón de ser de la misma sangre de un disidente. Era mi hermana.


Por Carlos Blanco
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