lunes, 11 de agosto de 2008

¿Dónde estamos parados?


Si alguien se hizo alguna vez la ilusión de que Chávez respetará unas elecciones que él no gane, los decretos totalitarios que acaba de emitir son suficientes para disipar semejante fantasía. Estos decretos simplemente borran los resultados de las elecciones del 2 de diciembre pasado y de una vez anulan los del próximo 23 de noviembre.

No quiere esto decir que no debamos votar en noviembre. Si no se hubiese votado el 2 de diciembre la opinión internacional no estaría, como está, perpleja ante el acto bárbaro -perplejidad a la cual sigue la indignación. Gracias a ese voto y a la movilización en defensa de los resultados es que Chávez ha tenido ahora que ponerse en evidencia como el sociópata aspirante a tirano que fue toda la vida. Voto y movilización, porque sin movilización el CNE se atreverá a hacer lo que le diga su jefe. La movilización que se preparaba el 2D permitió a los militares plantearle a Chávez la necesidad de que reconociera su derrota. Después vino la transacción para salvar la cara, reduciendo a 1% la diferencia que fue de 8%, pese a trampas y presiones.

Por supuesto, la defensa del voto sigue siendo fundamental. La tarde del 2 de diciembre los partidos no tenían idea de cuáles eran los resultados. Tampoco tenían prevista la movilización post-partum, sin la cual todo esfuerzo anterior resulta vano. Estamos esperando que resuelvan sus diferencias sobre postulaciones, para preguntarles cómo piensan cobrarle al maula.

Si alguien tiene claro todo esto es el propio Chávez. Sabe que en noviembre la gente irá a votar, sabe que votará mayoritariamente contra él y sabe que debe preparar un minucioso plan para desconocer los resultados. Esto se le ha hecho complicado porque la sociedad civil ha creado anti-cuerpos contra el proyecto totalitario y los militares definitivamente no están dispuestos a enfrentarse a sus compatriotas civiles sólo para satisfacer la patología de un émulo de Hitler y Fidel Castro que está destruyendo la nación con referencia especial a las Fuerzas Armadas.

La situación ya no se le plantea a Chávez en los términos simples de cuando bastaba alterar las cifras en el Consejo Nacional Electoral, manejar a los políticos a través de agentes encubiertos como los que actuaron en todas las elecciones anteriores al 2D y ahogar cualquier protesta popular con la amenaza de echarles la tropa. El 2 de diciembre le enseñó que los miembros del CNE y los militares también tienen familia en Venezuela. Los rectores del CNE pueden, como hicieron el 2 de diciembre, rebajar el porcentaje de una derrota, pero no se atreven a desconocerla si el margen es superior a los 3 puntos. En cuanto a los militares, se sentirán aliviados si el 23 de noviembre una opinión mundial favorable, una actitud firme de los políticos y una movilización civil les permite controlar a su dislocado. En lo cual los militares ya se entrenaron el 2D, y saben que funciona.

Consciente de esta situación, que el 2D se le hizo patente, Chávez emite los decretos que de antemano anulan el resultado electoral y eliminan la autoridad de la oficialidad sobre subalternos y tropa. El resultado electoral queda anulado con el decreto sobre designación de vicepresidentes regionales que mandarán por encima de los gobernadores y alcaldes –esto fue rechazado por los electores el 2D, lo cual al presidente le sabe igual que su recto-colitis crónica. En cuanto a la autoridad de los oficiales, esa que el 2D lo obligó a aceptar la derrota, queda anulada por el decreto que erige a Hugo Chávez en comandante operacional de la Fuerza Armada. O sea, que si los oficiales, como hicieron el 2D, exhortan al reconocimiento de los resultados electorales el 23N, un señor llamado Hugo Chávez los mandará a lavarse esa guerrera. Veremos quiénes son los lavanderos.

Como en toda otra coyuntura importante en la Historia de Venezuela, todo dependerá de los militares. Menuda responsabilidad ante la Historia, ante sus compatriotas y ante la colectividad civil con la cual conviven ellos y sus familias. Sobre los compatriotas de uniforme, unos cien mil apenas, pesa el destino de los casi treinta millones de seres humanos –y el rancho ardiendo- que nos aferramos a vivir en la Patria. Esa Patria sabrá premiarlos, “y si no que os lo demande”.

Pero, si la decisión final la tendrán los militares, no es menos importante la responsabilidad de los civiles. Lo primero a entender es que civiles no necesariamente quiere decir políticos. Es realidad demostrada que en este país no hay un liderazgo político consistente, dicho sea con un término de piadosa ambigüedad y abiertos a las excepciones que sepan distinguirse como tales, que las recibiremos como agüita de verano. En una división así como natural de las responsabilidades, los políticos se están encargando de postular candidatos. Después de esto los ciudadanos de a pie les exigiremos que de verdad se preparen para la defensa del voto, responsabilidad que hasta ahora no supieron o no pudieron cumplir –algunos no quisieron, pero esa es otra historia. Algo podrán hacer y algo harán, pero el cuidado real de los votos deben asumirlo organizaciones civiles del tipo de la eficaz e insospechable Súmate, tema en el cual debe entrarse apenas decididas las candidaturas. Advirtiendo que a Súmate no lo miramos como un partido, sino como una unidad de apoyo.

No estamos pasando sobre el desconocimiento previo de los resultados, efectivo tras el decreto por el cual Yo el Supremo se auto-confiere la facultad de designar autoridades ejecutivas por encima de los gobernadores y alcaldes que el pueblo elija. (“A ti no te va a gobernar quien tu elijas, sino quien yo diga”). Inmediatamente después de la batalla para que se reconozcan los resultados electorales, cualquiera sea la actitud del estamento militar la sociedad civil tiene que librar la batalla decisiva contra los decretos que desconocen los resultados del 2 de Diciembre. Esta batalla la empezó ya un hombre que conoce a Chávez no sólo en su lamentable patología, sino en su manera de pensar, reaccionar y actuar. La presteza de su reacción evidencia que Luis Miquilena estaba preparado para lo que Chávez hizo. Ese hombre que acaba de cumplir 89 años tiene los cojones que le faltan a los políticos de la generación intermedia, esa que ahora mismo maneja la situación, los que tienen entre 40 y 70 años, sin que estén todos los que son ni sean todos los que están, ni sean estrictas las cotas etáneas.

Del nivel de Miquilena hay otros venezolanos capaces de cumplir aquello de “Éramos pocos y tuvo que parir la abuela”. Desde hace semanas andan por todo el territorio nacional concientizando sobre lo que viene, mientras el movimiento estudiantil se ajusta las calzas prietas que decía Betancourt. Oportunidad que será para que sepamos si como roncan duermen pinos nuevos tipo Leopoldo López y Luis Ignacio Planas, jóvenes veteranos como Ismael García, Rafael Simón Jiménez y Gerardo Blyde, veteranos como Ramón Martínez y Morel Rodríguez. En medio, Manuel Rosales, necesitado de medir la cautela, no sea que la confundan con culillo; Henry Ramos, a quien sabemos guapo aunque haga extraños; los sofistas del MAS y hasta el señor de Primero Justicia, con sus andares de conejo.

Amanecerá y veremos.

Por Rafael Poleo
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Rafael Poleo
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